Límites y autoridad positiva

Cómo lograr una autoridad positiva de padres y madres

La importancia de los límites y la autoridad positiva

Es muy común encontrar familias que tienen miedo a imponer prohibiciones y castigos o a demostrar excesiva fuerza.

Pero a la vez les cuesta desarrollar un concepto de educación propio, más acorde con otros modelos sociofamiliares democráticos y participativos, que mantengan una posición equilibrada entre el dar y el exigir.

Nuestros hijos/as necesitan
desesperadamente referentes claros, posturas abiertas, diálogo permanente, escucha, límites identificables, pero ante todo, que creamos en ellos desde su potencialidad y su bondad, posibilitándoles el «ser» que los lleve al compromiso con la vida, con su realidad.

Los niños y niñas necesitan y piden límites. Además, el efecto que tiene el establecimiento de unas buenas pautas de orden en una familia es evidente: se disfruta más distendidamente de buenos momentos y se evitan batallas que desgastan la relación interfamiliar.

Poniendo límites a nuestros hijos/as les ayudamos a aprender a autorregularse, es decir, a ponerse límites a ellos mismos. El proceso del aprendizaje de la autorregulación y el dominio de sí mismo hay que iniciarlo desde los primeros meses, brindándoles seguridad y cuidado y asegurándoles que tienen vínculos estables con otros adultos que cuidan de él.

Desde los primeros momentos es necesario:
  • Poner límites claros.
  • Dar explicaciones breves y sencillas.
  • Aprender a manejar la frustración.


El aprendizaje del dominio de sí mismo depende de cómo se sienta consigo mismo y de la manera de afrontar las frustraciones que surgen en la vida cotidiana. Una de las mejores formas de enseñar a manejar la frustración es brindar oportunidades para que elijan y decidan por sí mismos.

Ayudarles a perseverar en sus decisiones puede ser difícil, pero para los niños es necesario aprender a experimentar las consecuencias de sus decisiones. De la misma forma, cuando los padres y madres dan al niño una opción, deben respetar su decisión. También es preciso aclarar que no todo puede ser una opción y no todas las cosas son negociables.

La autoridad educativa familiar. ¿Qué es?

Por Fernando de la Puente

revista Padres y Maestros, No. 247, octubre 1999

 

 1. Hay buenas y malas autoridades

 

Hay muchas autoridades sobre nuestras cabezas (educativas, políticas, religiosas, etc.). Hay autoridades despóticas, explotadoras, que empeoran al hombre. Hay autoridades buenas, de servicio, que mejoran al hombre.

 

Toda autoridad supone:

 

a) Una capacidad de motivación, de estímulo, de ayuda para el logro de unos objetivos, de un crecimiento.

 

b) Un poder de coordinación y decisión.

 

El peligro está en usar la autoridad solamente como poder de dirección y toma de decisiones sin escucha ni diálogo con las personas afectadas por la decisión, lo cual se desliza hacia el autoritarismo.

 

2. Características de la autoridad positiva y negativa

 

A) Autoridad negativa es la despótico, autoritaria, explotadora, que utiliza al súbdito. También es negativa la autoridad ineficaz, ignorante, desorganizada. Hay autoridades que coordinan, deciden, y lo hacen participativamente, pero no estimulan ni sirven. Hay autoridades que consuelan, ayudan y sirven, pero no saben tomar decisiones.

 

B) Autoridad positiva. Comprende varias fuentes de influencia:

 

a) Comunicación, diálogo con libertad para expresar y razonar valores, escuchar empáticamente (empatía es la escucha activa, desde el marco de referencia perceptual del otro).

 

b) Eficacia en la toma de decisiones (ejercicio equilibrado y eficiente del poder).

 

c) Satisfacción en las relaciones humanas (actuar con consideración personal).

 

d) Servicio, mandar es servir. La autoridad positiva produce un ambiente de seguridad y libertad.

 

e) Influencia personal o modelo de identificación de aquellos valores y objetivos que promueve. La coherencia y el ejemplo. La capacidad de transmitir valores por el modo de ser y actuar.

 

3. La familia y el Colegio somos las dos autoridades más significativas para el niño.

 

Para los niños no tiene significado vital la autoridad del alcalde, del presidente del gobierno, de las centrales sindicales, de la OTAN, de los poderes fácticos... Para ellos el horizonte inmediato de la autoridad se llena con los padres y educadores. Y en la escuela, con los tutores y profesores más inmediatos. Es decir, quienes toman decisiones concretas y les pueden ayudar día a día.

 

Estas dos autoridades estarían *condenadas+ a entenderse: por el bien del niño, y porque son complementarias.

 

Se complementan porque la familia no puede dar el desarrollo intelectual y social suficiente, ni desarrollar ciertos aspectos de la personalidad. El Colegio difícilmente puede dar la intimidad, el afecto, la seguridad, los valores básicos... Por lo tanto:

 

-No a la división de papeles educativos en el seno familiar (tú la comprensión y yo el rigor). No es bueno acentuar la división de funciones; por ejemplo que la madre haga de "buena" y el padre de "malo", o viceversa. Puede existir una distinción de estilos; ambos, el padre y la madre, ejercen funciones de comprensión y exigencia con estilos distintos, según su temperamento y sexo.

 

-No al *entreguismo+ (le entrego a la madre exclusivamente el papel de hacer un seguimiento del proceso educativo del niño en el colegio; entregamos el niño al colegio para que le eduquen), y yo o nosotros nos liberamos de esa responsabilidad.

 

4. El objetivo o finalidad de la autoridad

 

Toda autoridad es un poder para llevar a cabo una misión. Mira hacia un objetivo; se pregunta para qué existe, como autoridad. Esta núsión de algún modo es una creación.

 

Efectivamente, autoridad viene de auctor (latín) y auctor viene del verbo augere que significa dar crecimiento. No se tiene autoridad para detentar el poder por sí mismo. Es algo sagrado: se trata de continuar la creación, ayudar a crecer. El concepto de autoridad se identifica pues con el de servicio.

 

En el caso de la autoridad familiar, la misión de crecimiento sería:

-dar el ser,

-proporcionar el crecimiento biológico, -proporcionar el crecimiento humano, incluida la dimensión transcendente.

 

El crecimiento humano es complejo. Se pueden proporcionar tres niveles de desarrollo:

 

a) Dar conocimientos, adiestramientos físicos, artísticos, intelectuales y técnicos. Es el NIVEL DE PREPARACIÓN (que mi hijo tenga una buena preparación). Para ello la familia acude a las instituciones educativas.

 

b) Fomentar la seguridad en sí mismo, sociabilidad, equilibrio. Es el NIVEL DEL CARÁCTER (que mi hijo tenga buen carácter).

 

e) Promover el sentido de la vida, la responsabilidad moral. Es el NIVEL ÉTICO (que mi hijo sea buena persona).

 

Hoy día más que nunca aceptamos esta complejidad del desarrollo personal, y buscamos la calidad total.

 

)Cómo se produce este crecimiento humano?

 

El niño no es un objeto. No se le estira para que crezca. No se le dicta el crecimiento; sería un autoritarismo excesivo y un fracaso. El que educa no impone el creci- miento ni la madurez.

 

Al niño se le ayuda, se le anima, se le proporcionan las condiciones, el medio ambiente; corno a la planta se le prc>- porciona la tierra, el agua, el abono... Tampoco se trata de dejar hacer, que sería el extremo contrario del autoritarismo.

 

5. )Cuáles son los diversos papeles de los padres para ayudar a ese creci- rniento complejo de la persona?

 

Los padres, como todo educador, intentan ser más o menos hábiles en una serie de papeles o funciones que constituyen el ejercicio de su responsabilidad, y que podrían ser las siguientes:

 

-Proporcionar cariño, convivencia, ilusión, aceptación. Es el aspecto afectivo.

 

- Comunicarse a través del lenguaje del gesto, los consejos y sobre todo, de escuchar con interés lo que dicen y cómo lo dicen (la escucha activa o empatía). Esto supone saber estar relajadamente con los hijos, hablando sin pretender tensamente convencerles de mis criterios y puntos de vista. Viene a ser conversar sin pretender nada a cambio.

 

-Tomar decisiones, que tiene relación con saber mandar. Mandar con equilibrio entre blandura y exigencia. Mandar de acuerdo con la psicología evolutiva de cada edad y mandar de mutuo acuerdo entre padre y madre. (Hablaremos en otros temas de este asunto y sus posibles técnicas).

 

-Ser modelo de identificación a través del equilibrio de in( personalidad y de la coherencia entre lo que digo y lo que hago. El predicar con el ejemplo. Tener valores auténticos (autoridad moral) y saber justificarlos. Es el aspecto del testimonio.

 

-Proporcionar los elementos materiales para el crecimiento; lo cual está relacionado con el trabajo de los padres y la economía:

 

a) elementos biológico-físicos (alimentos, vestido, casa ... )

 

b) elementos culturales (escuela, actividades extraescolares ... ).

 

Quizá esto es lo que mejor hacen los padres hoy.

 

Una de las consecuencias prácticas de estas características de la autoridad familiar podría formularse así: la excesiva satisfacción sin eficacia (familia cariñosa y blanda) puede producir niños/adolescentes desorientados, incapaces de esfuerzo. La excesiva rigidez de la autoridad tiende a producir personalidades tímidas e inseguras. Un equilibrio difícil, pero posible, para lo que la escuela de padres irá proporcionando criterios, líneas de actuación

 

Veamos ahora la relación entre estos diversos papeles y el compromiso personal que llevan consigo:

 

Enseñar hábitos: a peinarse, saludar, montar en bicicleta, manejar el ordenador, enviarles con beca o sin ella al extranjero para aprender idiomas, llevarles a un colegio adecuado..., todo eso es sin duda hacer de padres, pero no nos compromete demasiado corno personas.

 

Dar cariño, aceptarles como son, realizar con los hijos una auténtica comunicación, que es el don de la apertura a los demás, eso es un nivel mayor de ser padre/madre. Eso nos compromete como personas, porque exige amor auténtico, presencia, convivencia, atención a los problemas efectivos.

 

Ayudarles a lograr un sentido de la vida, una madurez moral, es un nivel más elevado de ser padre o madre. Nos compromete aún más como personas porque nos exige ser coherentes entre lo que decimos y lo que hacemos; nos impulsa a clarificar nuestras confusiones acerca de valores humanos y cristianos; a saber lo que decimos y por qué lo decimos, aprendiendo poco a poco a decirlo bien y oportunamente.

 

6. El liderazgo educativo de los padres.

 

Estos niveles de compromiso son concreciones de la misión educativa con la que ayudamos a la madurez. Y esto constituye un verdadero liderazgo educativo de los padres.

 

A veces se entiende liderazgo como el carisma que tiene un dirigente o político, porque tiene unas cualidades brillantes y seductoras al hablar en público y en privado. No nos referimos a ese tipo de liderazgo. Nos referimos más bien a que todos los que tenemos una responsabilidad asumida podemos realizar un liderazgo de influencia bien entendida. El padre y la madre respecto a los hijos, el profesor en relación con sus alumnos, todo el que tiene responsabilidad sobre el bienestar y desarrollo de alguien.

 

Líder en inglés (leader) significa conducir o llevar. Líder es quien lleva a alguien de un sitio a otro o de una situación a otra. En el ámbito educativo es quien lleva o ayuda a moverse hacia la madurez. Nuestra autoridad familiar o educadora se nos concede para llevar a los hijos o alumnos por el camino de la madurez humana; pero ayudando, no imponiendo la madurez.

 

Analizando hoy día las características que debe tener un líder, se insiste en que no debe limitarse a la gestión, sino al dinamismo transformacional. La gestión no agota el liderazgo. Gestionar sería organizar la casa, el colegio, los horarios, los recursos humanos y materiales, los presupuestos... La gestión sin duda es la base, sin una mínima organización y estrategia no se puede llevar a cabo nada interesante. Pero la gestión misma no garantiza la mejora humana. Sólo eso no "produce" "calidad humana. Es necesario que entre a funcionar el liderazgo humanizador.

 

Conocemos familias "muy bien organizadas" pero con una pobre capacidad educativa, porque son pobres en capacidad de escucha, en afecto, en inspiración o aliento motivador, en reconocimiento positivo, en una equilibrada exigencia y firmeza, en el deseo de transmitir valores. Es decir, en lo que se entiende como las buenas estrategias, directivas o no directivas de la educación.

 

Orientaciones facilitadoras de la autoridad positiva

Entre las orientaciones básicas para llegar a actuaciones concretas y positivas que ayudan a tener prestigio y autoridad positiva ante los hijos e hijas destacaríamos las siguientes:

a) Objetivos claros de lo que pretendemos cuando educamos.
Estos objetivos han de ser pocos, formulados y compartidos por la pareja, de tal manera que los dos se sientan comprometidos con el fin que persiguen. Requieren tiempo para ser consensuados, incluso a veces papel y lápiz para precisarlos y no olvidarlos. Además, conviene revisarlos si se sospecha que se han olvidado o ya se han quedado desfasados por la edad de los hijos/as o las circunstancias familiares.

b) Ser claro y específico.
Los límites deben ser claros, específicos, sencillos y positivos; las instrucciones generales y la información vaga o genérica desbordan al niño y nunca sabrá lo que esperamos de él. Lo que sí le será útil son las instrucciones concretas transmitidas con cariño, por ejemplo: "Después de cenar, ponte el pijama y coloca tu ropa".

c) Actuar y huir de los discursos.
Una vez que el niño/a tiene claro cuál ha de ser su actuación, es contraproducente invertir tiempo en discursos para convencerlo. Los sermones tienen un valor de efectividad igual a cero.

d) Los límites deben formularse de manera positiva.
Se debe informar de lo que hay que hacer, y no de lo que no hay que hacer. Por ejemplo, es preferible decir "Cuando te sientes pon la espalda recta", en lugar de "No te sientes así, corvado". Nos guste o no, el mundo se rige por reglas; estas existen y si no se cumplen nos exponemos a una penalización.

Para implementar una educación razonable y exitosa, debemos tener en cuenta que las reglas:

  • Deben ser concisas y razonables.
  • Deben ser comunicadas claramente.
  • Deben ser reforzadas periódicamente.

 

e) Dar tiempo de aprendizaje.
Una vez que hemos dado las instrucciones concretas y claras, las primeras veces que el hijo/a las pone en práctica necesita atención y apoyo mediante ayudas verbales y físicas, si es necesario. Son maneras de actuar nuevas para él y requiere un tiempo y una práctica guiada.

f) Valorar sus intentos y esfuerzos por mejorar.
Resaltar lo que hace bien y pasar por alto lo que hace mal. Pensemos que lo que le sale mal no es por fastidiarnos, sino porque está en proceso de aprendizaje. No se les debe exigir por encima de sus posibilidades. Tampoco es posible que obedezcan a la primera orden. El autocontrol requiere un entrenamiento y como tal necesita repetición y práctica. Si perseveramos conseguiremos que incorporen una regla o un límite. A los hijos/as, como al adulto, le encanta tener éxito y que se lo reconozcan.

g) Ser firmes.
Mostrarse firme pero amable es una buena manera de que nuestros hijos presten atención y sigan las instrucciones. Los límites firmes son mejor aplicados con una voz segura, sin gritos, y una seriedad en el rostro.

Para ello aconsejamos seguir estas instrucciones cuando les vamos a impartir normas:

  • Sostenerle quieto por los hombros mientras se le dan las instrucciones.
  • Mirarle directo a los ojos.
  • Hablarle de una manera clara y con un tono firme.
  • Dejar que tu rostro parezca serio mientras le hablas.
  • Insistir en ser atendido y obedecido a una instrucción razonable.


h) Ser consistente.
Los límites deben cumplirse siempre que las circunstancias sean las mismas; si las circunstancias cambian, los límites deberán ser revisados. Las rutinas y reglas importantes resultarán efectivas aunque se esté cansado o indispuesto.

i) Incorporar a los hijos en el establecimiento de límites.
Es la manera de asegurar su cooperación en el seguimiento de las normas y entrenarlo en la práctica y toma de decisiones. Hablar con los hijos de los problemas, límites y normas facilita una guía para su propio comportamiento, el autocontrol y la autodirección.

j) Reconocer los propios errores.
Nadie es perfecto, los padres tampoco. El reconocimiento de un error por parte de los padres da seguridad y tranquilidad al niño y le anima a tomar decisiones aunque se pueda equivocar, porque los errores no son fracasos, sino equivocaciones que nos dicen lo que debemos evitar. Los errores enseñan cuando hay espíritu de superación en la familia.

Cuando se va a hacer alguna advertencia es conveniente siempre comenzar con un comentario acerca de algo positivo, luego dar la indicación correctiva y terminar haciendo hincapié en algún logro. Esto los estimula y los alienta a esforzarse por mejorar.

k) Confiar en nuestro hijo.
La confianza es una de las palabras clave. La autoridad positiva supone que el hijo/a tenga confianza en los padres. Es muy difícil que esto ocurra si el padre y la madre no dan ejemplo de confianza en el hijo/a.

La confianza permite que la familia evolucione y se mantenga como núcleo generador de vida. Los padres y las madres, como guías, deben tener presente que los hijos serán seguidores sólo si son su ejemplo.


Tener autoridad positiva equivale a que cualquier actuación humana, en la relación con los hijos, vaya acompañada de dos requisitos imprescindibles: amor y sentido común.

El amor supone tomar decisiones que a veces son dolorosas, a corto plazo, para la familia y para los hijos/as, pero que después son valoradas de tal manera que dejan un bienestar interior en los hijos y en los padres.

El sentido común es lo que hace que se aplique la técnica adecuada en el momento preciso y con la intensidad apropiada, en función del niño/a, del adulto y de la situación en concreto. El sentido común nos dice que no debemos matar moscas a cañonazos ni leones con tirachinas.

Finalmente, la escucha activa hacia nuestros hijos e hijas puede transmitirles confianza en sí mismos y habilidad para manejar sus sentimientos y problemas. Es una escucha respetuosa que les inspira respeto por ellos mismos.

 

Fuente: APOCLAM

 

 

El ejercicio de la autoridad en la familia

 

Una de las acepciones de la palabra autoridad en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua es "carácter o representación de una persona por su empleo, mérito o nacimiento". Así pues, los padres llevan a cabo la representación de un papel que les ha venido al fundar una familia, tener que ejercer la autoridad en la misma.

 

El ejercicio de la autoridad tiene varias fases:

 

a) Conocimiento de las metas comunes que tienen los miembros que forman el grupo. La familia como grupo humano está compuesta por personas que tienen niveles distintos de maduración, de responsabilidad, pero que tienen unos vínculos, espacios y metas comunes. Esto no es percibido conscientemente cuando los hijos son pequeños, pero al madurar lo asumen de manera implícita.

 

b) Comunicar y consensuar con los otros miembros lo que quiere conseguir quien ejerce la autoridad. Quien ostenta la autoridad tiene que saber qué quiere para el grupo. Necesita de un tiempo de clarificación personal. Cuando lo ha realizado, precisa exponerlo de manera explícita a los otros que forman el grupo, de forma verbal como a través de su conducta y decisiones para hallar el consenso entre los miembros del grupo.

 

c) Cumplir y hacer cumplir las metas marcadas y consensuadas. Pero no basta que todos los miembros del grupo sepamos qué hay que hacer, es necesario que se lleve a la práctica lo previsto. Es la capacidad de mover que tiene quien ejerce la autoridad, ya sea por su fama o prestigio, ya sea por procedimientos más coactivos.

 

Prescindir de las fases puede dar lugar a deformaciones de la autoridad. Cuando se prescinde de comunicar y consensuar entre los miembros las normas, surge el autoritarismo -ejercicio arbitrario de la autoridad-; cuando no se cumplen ni se hacen cumplir las normas marcadas y consensuadas, se instala el abandonismo -la renuncia a la autoridad.

Los padres tienen autoridad por el hecho de ser padres. Pero la autoridad se mantiene, se pierde o se recobra por el modo de comportarse.

La autoridad se mantiene o se recobra por el prestigio. Esta afirmación es equivalente a la de "educamos por lo que somos". Es decir, por la congruencia entre lo que somos, lo que hacemos y lo que decimos.

 

¿Cómo se tiene prestigio con los hijos?:

 

▪ Por el buen humor: Hay diferentes estilos personales, pero todos se apoyan en el optimismo -saber descubrir primero lo positivo de cada persona y de cada situación- y en la confianza.

 

▪ Por la serenidad: Porque asegura las mejores condiciones para actuar con sensatez y con flexibilidad. El nerviosismo, por el contrario, empeora la situación y, desde luego, desprestigia. Han de vernos serenos, sin dar paso a la ira o al enfado por nimiedades; han de vernos que no sacamos las cosas de quicio... Se puede comprobar, además, como los hijos adoptan conductas más serenas cuando están ante una persona tranquila, que no responde con cólera sino con un tono de voz sosegado y conciliador.

 

▪ Por la paciencia: Los padres tienen un sexto sentido que avisa cuándo y cuánto es necesario volcarse con cada uno, a causa de una enfermedad, unos problemas en clase…

 

▪ Por mantener una línea de actuación sin dar bandazos, graduando la exigencia según las circunstancias, sin dejar nunca de exigir y exigirse-. Desprestigia el dramatismo, el echar en cara, el lamentarse, los falsos juicios...